La Asesoría en la JEC

I. ALGUNAS AFIRMACIONES SOBRE LA IGLESIA

Normalmente, la reflexión sobre el movimiento y concretamente sobre la asesoría se hace a partir de determinadas cuestiones sobre la existencia y la misión de la Iglesia. Si leemos los diversos documentos o síntesis de reuniones, estas afirmaciones están presentadas de manera implícita o explicita. Entre estas, y sin pretender elaborar una eclesiología completa o sistemática, encontramos ciertas afirmaciones de alta pertinencia en lo que concierne a la Iglesia en nuestro movimientos. Ellas nos ayudan a situar nuestro proyecto de movimiento y nuestra concepción de la asesoría. El Concilio Vaticano II (“Lumen Gentium” y “Gaudium et Spes” principalmente) constituye la referencia más importantes, completada por una serie de otro documentos pontificios (sobre todo la “Evangelium Nuntiandi”), de episcopados y comunidades de diferentes continentes.7

1 Una Iglesia enteramente misionera

La Iglesia existe para realizar la misión que Cristo le encomendó. Todo lo que hace es para la misión, todo en ella debe ser misionero, todos son responsables de ello y deben ser protagonistas de la misión. Las siguientes afirmaciones hacen más explicita esta afirmación fundamental y central.

2Una Iglesia servidora-profética

La Iglesia está enteramente al servicio del Reino de Dios, de la revelación y concreción histórica del misterio de salvación en Cristo presente ya en la humanidad. En otras palabras, se trata de la Iglesia-Sacramento. Cuando la llamamos servidora, queremos también decir necesariamente profética ya que ser servidora del misterio de la salvación presente en la historia significa justamente denunciar y combatir sus negaciones y favorecer sus manifestaciones.
Este anuncio y esta denuncia de la Iglesia se hacen a partir del amor fiel a Jesucristo y a toda la humanidad concreta, en la misma línea del amor preferencial de Dios por los más pobres. Una Iglesia que, para ser realmente servidora, profética, debe conocer el corazón de Cristo y el corazón de la humanidad.

3Una Iglesia –comunión

La Iglesia es la comunidad de los creyentes. La dimensión comunitaria, ser Pueblo y Cuerpo, es uno de sus rasgos fundamentales.
La comunión, como la Iglesia. Siendo un don de Dios, es al mismo tiempo construcción, tarea entre las diversidades y los conflictos. Debe además ser experiencia y testimonio a partir de las comunidades más pequeñas hasta la comunidad universal. Para nosotros, no hay vida cristiana sin comunidad.

4Una Iglesia en la que todos son sacerdotes profetas y responsables.

El bautismo es el fundamento de la igualdad de los cristianos. Por este motivo forman un solo cuerpo, en el cual todos los miembros tiene la misma dignidad, aunque desempeñen funciones diferentes. La afirmación de esta igualdad radical no significa la negación de la existencia y de la función del ministerio sacerdotal o la diversidad de carismas, sino que quiere acentuar el hecho de que los laicos no son miembros de segunda categoría y que todos son responsables de la misión única, cada uno con su propia misión insustituible.

5Una Iglesia peregrina

La Iglesia es peregrina en la historia, camina hacia el Reino compartiendo el destino de toda la humanidad.
Como peregrina y bajo el amparo del Espíritu, necesita siempre conversión, pues no es solo maestra sino también discípula del Señor que habla en la historia, dispuesta a aprender. La libertad le es necesaria para ser peregrina, libertad ante todas las situaciones concretas (y esta es una manera de vivir su universalidad), pero ello le exige a la vez una gran capacidad de encarnarse en cada pueblo, en cada cultura.

II. ALGUNAS AFIRMACIONES SOBRE EL PROYECTO DE NUESTROS MOVIMIENTOS

Antes de tratar específicamente la cuestión de la asesoría, conviene recordar con algunas afirmaciones lo que constituye nuestro proyecto de movimiento, nuestra identidad pastoral, al servicio de la cual se encuentra la accesoria. Es evidente que las referencias principales proceden de los documentos “Bases comunes” y “Orientaciones” de la JECI y de “Identidad” y “Orientaciones” del MIEC.

II.1 Movimientos de laicos

Nuestros movimientos, así como otros similares, nacieron con el claro propósito de afirmar y desarrollar la dignidad y el carácter indispensable de la misión del laico en la misión única de la Iglesia. La afirmación del carácter laico no se hace por oposición al ministerio sacerdotal (de hecho, muchos sacerdotes participan como asesores en la vida del movimiento), sino como afirmación de la vocación especifica del laicado.

Sin crear compartimientos estancos en el seno de la misión de la Iglesia, esta especificidad laica significa, según nuestra experiencia, estar en gran medida presentes en los lugares cruciales en los que se construye la historia y que, por lo mismo, son decisivos para la evangelización. En nuestro caso, se trata de los movimientos estudiantiles, el mundo estudiante, sus estructuras y organizaciones en el seno de cada realidad.
Aunque dirigidos por laicos, nuestros movimientos están ciertamente en comunión con los pastores y con el conjunto de la comunidad cristiana. La experiencia laica es lo que marca la vida y la problemática de los movimientos y la asesoría esta al servicio de esta experiencia.

II.2 Movimientos educadores, con estilo pedagógico propio.

El MIEC y la JECI, como movimientos educadores, tratan de representar un espacio en el que los estudiantes cristianos puedan adquirir y desarrollar una conciencia madura en lo que concierne a su responsabilidad en la realidad en la que les toca vivir. En otras palabras, se trata de ayudar a los jóvenes a tomar opciones de vida que subsisten en el camino de Cristo.
Pero este proceso educativo en nuestros movimientos no se realiza de una manera abstracta deductiva, sino a partir de las realidades de la vida cotidiana, tratando de ampliar, poco a poco, los horizontes de la comprensión, ayudando a sistematizarla, buscando el crecimiento de una conciencia crítica real y el desarrollo armónico de la existencia cristiana en su globalidad. Todo esto con el fin de llegar a un compromiso cada vez más fuerte por la transformación de la realidad. El hecho de insistir sobre el compromiso- incluso el más humilde- en un proceso educativo que parte de la vida misma, se basa en la convicción de que Dios nos habla en la vida y nos pide una respuesta en esta vida.
No se trata, en nuestra experiencia, de formarse primero y después actuar, sino de formarse en la acción, de aprender cada día y a cada momento son los llamados concretos de Dios a los estudiantes. Por esta razón, ambos movimientos están al servicio de una síntesis real entre la fe y la vida, entre la experiencia de creyentes y el compromiso transformador, a fin de superar toda forma de dualismo o de privatización de la fe. Solo una fe vivida y expresada en el compromiso con los demás posee fuerza testimonial.
Todo esto se resume en un proceso pedagógico de acción-reflexión-acción, que se manifiesta de manera clara en la “revisión de vida”, que es la verdadera forma de ser en el mundo y el instrumento de unificación de la experiencia de fe comprometida.
Otras características del estilo pedagógico son el acento puesto en la vida comunitaria; la aceptación de etapas que son necesarias; a la paciencia para no apresurar demasiado los procesos de los militantes; la voluntas de educar para toda la vida y no solamente para la etapa de estudiante; la formación para el protagonismo laico a todos los niveles (escuela, universidad, movimiento, iglesia, sociedad...).
Todo lo dicho anteriormente ha llevado al MIEC y a la JECI a afirmar un tipo propio de espiritualidad. La experiencia personal y comunitaria de Dios, la celebración de la fe, la oración, la lectura y asimilación de la Palabra de Dios, se viven en el compromiso, enfrentando los problemas diarios. Ambos movimientos están convencidos de que pueden hacer un este sentido un aporte original al conjunto de la Iglesia.

II.3 Movimientos de Iglesia

Nuestros movimientos son Iglesia, parte de la Iglesia universal, no solamente en su vida interna (reuniones, celebraciones, etc.)sino también por su presencia en el mundo, por su compromiso. A través de este, quieren ser una presencia de la Iglesia en el medio estudiantil y de la vida y los problemas de los estudiantes en la Iglesia. La pertenencia y la participación en su misión se viven en la perspectiva de la vocación laica, es decir, poniendo más énfasis en la dimensión misionera que en la realización de servicios internos. El MIEC y la JECI se proponen, además, en un diálogo de aprendizaje y de aporte, contribuir a la continua transformación de la Iglesia en la línea de la opción por los pobres.
El MIEC y la JECI no pretenden apropiarse de toda la acción de la Iglesia en lo que concierne a los estudiantes y ala problemática educativa. Pero son conscientes de que, por su propia historia y su propia identidad, realizan una contribución original en el dominio de la pastoral estudiantil.

II.4. Movimientos Internacionales

El hecho de ser internacionales no es un detalle en la vida de nuestros movimientos. Se trata de una manera de vivir la universalidad y la localización de las diferentes experiencias de la problemática estudiantil, de la realidad de los pueblos, de la vida de la Iglesia.

II.5. Movimientos evangelizadores

Esta afirmación es una síntesis de todo lo dicho anteriormente. Ser un movimiento evangelizador significa que todo el movimiento, en su vida, en su acción, en el compromiso de sus militantes, esta orientado hacia la evangelización. Esto es lo que da unidad al movimiento, pues ser evangelizador significa estar empeñado en la construcción de un mundo justo, anunciar dentro de este compromiso a Cristo muerto y resucitado como liberador de la humanidad; reunir y construir, por el compromiso y el anuncio, nuevas comunidades cristianas, que ofrezcan un camino para crecer y madurar en una fe comprometida; vivir esta experiencia de gracia que se celebra, sobre todo en la Eucaristía.
La opción preferencial por los pobres marca profundamente las prioridades, el estilo y los instrumentos de este carácter evangelizador.

III. LA ASESORIA EN NUESTROS MOVIMIENTOS

Dos palabras previas para aclarar ciertos términos y el enfoque de este capítulo. Tradicionalmente, el asesor se ha identificado como un sacerdote, sobre todo a nivel diocesano o nacional. Desde hace varios años, tanto en la base como en las coordinaciones y en los niveles ya señalados, existe un significativo número de religiosas, religiosos y de laicos que cumplen esta función.
No se trata de una problema terminológico. El lenguaje utilizado en nuestros movimientos para designar al asesor es muy variado: asesor(a), consiliario(a), animador(a), en español; aumonier, animateur (trice), animateur(trice), spirituel(elle), conseiller(ere), en francés; chaplain, adviser, adult adviser, animator, en inglés. Hay que agregar el nombre “oficial” utilizado en general en los documentos de la Santa Sede; “asistente eclesiástico”.
Aunque sea necesario clarificar poco a poco esta cuestión terminológica, estamos más interesados en las realidades que en las palabras. La experiencia, la evolución y la clarificación de estas realidades nos ayudará a encontrar un lenguaje apropiado.
En este capítulo, para aclarar más cosas, la cuestión será considerada a partir de la perspectiva de la función, dejando para mas adelante una reflexión sobre las diferentes “figuras” en las que se encarna la asesoría. Por ahora hablaremos entonces más de asesoría que de asesor.
A partir de la experiencia acumulada y a la luz de las afirmaciones hechas sobre la Iglesia y sobre el proyecto de nuestros movimientos, trataremos de hacer una descripción de la asesoría como función o servicios en el seno del movimiento. Esta descripción debería ser valida para todo aquel que ejerce la asesoría, sin negar que existen particularidades propias en cada estado y diferencias de énfasis según los niveles y las situaciones.

III.1 El estilo de la asesoría

III.1.a. Acompañamiento, servicio

Todos los documentos consultados y la práctica constante señalan como actitud fundamental la del servicio, la de acompañamiento.
Acompañar significa ser solidario con una experiencia, caminar con ella, aceptando sus ritmos, no de forma pasiva sino de manera estimulante. Esto significa servir, dejando de lado toda pretensión de dirigir o de ir delante mostrando el camino o ubicarse en la posición del que da las ordenes.
Acompañar supone con los militantes, buscar con ellos, ser realmente su amigo, alguien que les ayuda a crecer, que estimula su sentido de responsabilidad y de iniciativa que les presenta desafíos de una manera fraternal.
Acompañar, servir, supone una serie de disposiciones personales; tener tiempo para los demás, estr disponible y tener la sensibilidad de ser abierto, respetar la experiencia de los militantes sin escandalizarse por sus eventuales errores, sino integrándolos en el proceso de crecimiento. Acompañar es simplemente escuchar más que hablar, interrogar más que afirmar, no pretender tener la respuesta de todo, reconociendo que no hay sino un solo Maestro. Discreción, silencio y paciencia son las virtudes fundamentales del asesor. Pero esto no significa una actitud pasiva pues es también indispensable al acompañamiento el inspirar actitudes liberadoras, estimular la coherencia y la fidelidad, ayudar a descubrir la riqueza multifacética de la realidad y a crecer equilibradamente en la vida.
Aunque este servicio se ejerce sobre todo en equipo, no hay que olvidar la importancia del acompañamiento personal de los militantes. En síntesis, acompañar significa ser educador, como pretende serio el movimiento mismo en un continuo “dar y recibir”.
Sin embargo, es necesario insistir en el rasgo negativo de toda actitud que suponga un dirigismo o dominación de parte de la asesoría, sea de manera abierta y evidente o sutil y oculta. El movimiento debe ser dirigido por los militantes y la asesoría será reconocida, valorada y escuchada en la medida en que se mantenga en su nivel, en lo que es propio e indispensable para el movimiento, el acompañamiento y el servicio. Si se insiste tanto en este tema no es solamente a causa de los daños y malentendidos que provoca un mal ejercicio de la asesoría, sino para afirmar una vez más el carácter laico de movimiento.

III.1.b. Una “distancia” necesaria

El acompañamiento que significa la asesoría exige el diálogo de dos identidades claras y seguras; la del militante y la del asesor. Para realizarlo, el asesor no puede diluirse en el movimiento, sino que supone mantener lo que llamamos una cierta “distancia”. Tal vez no es la mejor palabra, pero podemos explicar concretamente su contenido. Se ha mencionado que cumplir la función de asesor requiere, según nuestra experiencia, asumir y participar enteramente de la vida del movimiento. Pero, al mismo tiempo, la asesoría no es lo central en el movimiento ni lo que lo caracteriza de manera fundamental. Lo que es central y fundamental es la experiencia laica, la de los militantes.
Hay que tener en cuenta además que quienes ejercen la asesoría son normalmente personas adultas, personas que no tienen como experiencia central el mundo estudiantil, que no viven la misma situación que los militantes. Explicaremos esto más adelante.
Esto crea lo que nosotros llamamos “distancia” en el acompañamiento y el servicio. En otras palabras, digamos simplemente que el asesor no puede ser un militante más, bajo el riesgo de no poder realizar su propio servicio y lo que se espera de el. Es en el equilibrio entre un profundo compromiso con el movimiento y esta distancia donde se encuentra, según la práctica más frecuente, la clave para evitar tanto una asesoría “exterior” al movimiento, como todo tipo de paternalismo, autoritarismo o disolución.
Todo esto puede aparecer un poco abstracto o difícil de expresar. Se trata sin embargo de algo de gran importancia cuando se busca un perfil de estilo de la asesoría en nuestros movimientos.

III.1.c. Ser adulto

No se trata pura y simplemente de una cuestión de edad, sino de cualidad, de algo que debe manifestarse en todos los comportamientos de la vida de un cristiano; una cierta estabilidad que no significa perfección, pues el adulto es también un ser limitado y debe estar dispuesto a escuchar, a aprender y a crecer como los jóvenes.
Ser adulto significa ser un sujeto de confrontación entre los jóvenes, una referencia viviente, un rostro significativo, un testigo de experiencias que pueden servirles para construir sus vidas. Esto significa además ser fiel, ser recto, estar seguro de la historia y de Dios. Este carácter adulto parece ser esencial en el estilo de nuestra asesoría.

III.1.d. El estilo militante

Si la asesoría implica no ser un militante más del movimiento, ello no excluye el hecho de ser militante, de tener un estilo militante, es decir, participar y adoptar en la propia vida el proyecto del movimiento, pero siendo militante a su nivel, de acuerdo con la etapa de vida en la que se encuentre su condición, su vocación o estado. En este terreno, hay que poner mucha atención a las simplificaciones (como decir, por ejemplo, que el asesor debe tener el mismo tipo de compromiso que los militantes, el mismo estilo, etc) que ha causado mucho equívocos en el movimiento y concretamente en lo relativo a la asesoría.
Se trata, entonces, de vivir con la misma perspectiva. Las diversidades en la concreción de este estilo militante son una fuente más de enriquecimiento para nuestras comunidades.

III.1.e. La experiencia de equipo

Como dice con acierto una sentencia: “para acompañar hay que estar acompañado”. La asesoría es un servicio a una comunidad, un servicio vivido y realizado en comunidad, en equipo, por el conjunto de asesores y los militantes. Es en el medio de equipo de asesoría y del conjunto del movimiento donde las diferentes “figuras” de asesores, los diversos estados y vocaciones podrán enriquecerse mutuamente y a la vez enriquecer la función.
Antes de pasar a la descripción de las tareas de la asesoría no esta de más de insistir en la importancia del espíritu del servicio en la disponibilidad a acompañar como manera de ser. Según una acertada expresión, el poder del asesor es su estilo de vida.

III.2. Los Roles de la asesoría

Es necesario volver a especificar que en muchos casos no se trata de roles exclusivos del asesor. Es importante entonces señalar que son funciones generalmente atribuidas a la asesoría, sea por razones teológico-pastorales, sea por razones de orden práctico (madurez del asesor por el hecho de que el permanece más tiempo que los militantes en el movimiento).
No nos cansaremos de repetir que se trata de funciones y tareas al servicio del movimiento, con un espíritu de acompañamiento y dentro de una comunidad con todo lo que implica el “dar-recibir” y el compartir.
He aquí entonces esos roles principales, que consisten en hacer real el acompañamiento en las tareas concretas.

III.2.a Educar en la fe

Preferimos esta expresión, la de conciliar, educar en la fe, pues es la parece reflejar mejor la vía pedagógica de nuestros movimientos. La asesoría no es un servicio para la educación de la fe en tanto que parte de la existencia humana, sino sobre todo es un servicio para la educación de toda la existencia en la fe, pues lo que engloba, lo que da sentido, armonía y unidad a una vida creyente. Para emplear una expresión simple pero que lo engloba todo, diremos que educar en la fe significa vivir como Jesús, como sus discípulos. Definida así, es la tarea de asesoría, pues todo lo que podamos decir mas adelante es la explicación de esto. Sin embargo, aunque es la tarea de la asesoría, no es su dominio exclusivo: es todo el movimiento el que debe educar en la fe, pues si no es así carecería de sentido y de razón de ser. Esto no dispensa a la asesoría de su responsabilidad: a lo largo de toda la historia de la JECI y el MIEC, se le reconoce en este sentido un servicio especial e irremplazable. Al comienzo hay la evidente identificación asesor-sacerdote y también el hecho de que sea adulto. Mantendremos la reflexión a un nivel global, de manera que ustedes puedan percibir los diferentes tipos de asesor.
La educación de los militantes en la fe es ante todo – y no conviene olvidarlo – una obra de gracia. La asesoría se sitúa entonces como un instrumento de esa gracia que hace crecer según la estatura de Cristo. Hay que repetir una vez más que lo que se le exige a aquel que ejerce la asesoría es su testimonio de vida. Es imposible ser educador en la fe sin ser, con todas las naturales imperfecciones, un testigo de fe, de una vida en la fe.
Pero educar en la fe significa concretamente también acción y respeto profundo por la acción de Dios en los militantes; aceptando la lentitud, las ambigüedades que son parte de sus vidas, sus preguntas, sus luchas, sus alegrías y fatigas, el alimento de la Palabra de Dios y de toda la tradición viva de la Iglesia. En este sentido, el asesor no es solamente un servidor de los militantes, sino que debe ser un servidor de Palabra.
Afirmar la fe, abrirla a las dimensiones comunitaria y universal, adaptarla a una seria formación, enraizarla en el compromiso, darle el impulso misionero, son algunas de las múltiples facetas de esta educación en la fe.
Más allá de los detalles y deducciones de lo que se ha dicho anteriormente, lo importante es insistir una vez más en el carácter central de este servicio. Nuestros movimientos, que históricamente han querido formar militantes de valor en el terreno profesional, social, político, encuentran aquí su más grande desafío, que es el de formar militantes que tengan una calidad especial de fe. Como dice uno de los slogans que a veces utilizamos : “un gran compromiso, una mejor calidad de fe”.
Al poner énfasis en la perspectiva de la opción por los pobres, se introducen en nuestros movimientos un estilo y una sensibilidad particulares para la educación en la fe: el respeto, la disposición a aprender de la religiosidad popular, el rechazo de las formas elitistas, la búsqueda de la pobreza evangélica.
Como conclusión, diremos que si el asesor debe ser educador en la fe, el también deberá ser educado en su fe por el movimiento, por los militantes.

III.2.b Educar para vivir la Iglesia

El movimiento es Iglesia, parte de la Iglesia local y de la Iglesia universal. Así, todo el movimiento debe estar en comunión y participar en la Iglesia. No hay que caer en la tentación (frecuentemente debida a una concepción errónea que existe tanto en el seno como al exterior del movimiento) de delegar en la asesoría la dimensión eclesial. Hablaremos de estos problemas más adelante. Se trata aquí de algo más profundo del servicio de la asesoría a la educación de esta dimensión necesaria de vivir en la fe que es la Iglesia la comunidad de creyentes en Cristo.
La lenta introducción al misterio y a la vida de la Iglesia a su presencia en el mundo, a su historia (con sus pecados y su grandeza), a su misión en medio de los pueblos, da un alcance más grande a la experiencia de fe, nos hace conscientes de la herencia recibida y de la responsabilidad que esta supone; nos hace solidarios en las comunidades que sufren o están alegres.
Es necesario ser conscientes del escándalo que produce, sobre todo entre los jóvenes la infidelidad de la Iglesia ante situaciones concretas, especialmente cuando se la confronta con la misión de Cristo le ha encomendado. La capacidad de integrar este escándalo en una educación en la fe profunda es fundamental para formar una sana actitud crítica que nos lleve a participar de una manera responsable en la vida de la Iglesia, a fin de que en ella se manifiesta cada vez más la Iglesia de los pobres..
Educar para vivir la Iglesia significa también, en nuestros movimientos, educar para el ejercicio de la vocación laica.
Otra dimensión importante de este servicio es el hecho de ser artesanos de la unidad: la asesoría debe ser promotora y creadora de la comunión en el seno del movimiento y en lo que concierne a toda la Iglesia.
Como ya hemos dicho, esta educación para vivir la Iglesia pasa esencialmente por el testimonio. La experiencia nos ha mostrado cuan nefasta ha sido a veces la influencia de la asesoría que ha provocado rupturas con la Iglesia, que ha favorecido actitudes de vanguardia y elitismo, lejos del sentido eclesial real y de la opción por los pobres que, tal como deseamos, debe guiarnos en este campo.

III.2.c. Celebrar la fe

Se trata ahora de una conclusión de los dos puntos anteriores. En perpetuo dialogo con los militantes, la asesoría tiene la responsabilidad especial de favorecer y asegurar la celebración de la fe en los movimientos (celebración de los sacramentos y todo tipo de celebración que engendre la fuerza misma de la fe).
Esta claro que el asesor-sacerdote tiene funciones especificas en este sentido, pero queremos señalar una vez mas lo que debe ser común a toda la asesoría.
De acuerdo con el estilo pedagógico de nuestros movimientos, la celebración de la fe busca que su base sea la experiencia que se esta viviendo, en todas sus dimensiones, para alabar en ella al Señor de la vida y de la historia. En este sentido, el asesor debe también acompañar y servir en lugar de imponer o dirigir, facilitando la participación y la creatividad de los militantes, abriendo espacios al lenguaje y a la simbología de los jovenes. Pero, al mismo tiempo, debe ayudar a no caer en celebraciones de ghetto, elitistas, sino que por el contrario, este abiertas al conjunto de la comunidad de creyentes y de manera especial a las comunidades populares.

III.2.d. Servir la reflexión teológica

La vida misma de nuestros movimientos, desde el compromiso de cada día hasta las jornadas nacionales, pasando por las reuniones de los equipos de base, la revisión de vida y sus celebraciones, acumula un conjunto de experiencias teológicas y de reflexión inicial que es necesario organizar, sistematizar, expresar, relacionar con las estructuras y el patrimonio teológico de la Iglesia. Esto es fundamental no solo para el enriquecimiento del movimiento, de los militantes, de la Iglesia, sino sobre todo para la misión, el anuncio de lo que vivimos como creyentes, para la esperanza que necesitamos anunciar cada día.
De hecho, es el movimiento quien hace y debe hacer la teología. La asesoría, al ser ejercida por personas adultas que tienen una formación mayor que la de los militantes, tiene un servicio concreto a aportar en este campo. Pero sin pretender tener el monopolio, sino trabajando en un diálogo exigente y abierto con los militantes, estimulando su “sentido de la fe”, de manera que todos puedan participar y llegar a ser cada vez más capaces de expresar de manera coherente lo que viven como cristianos.

III.2.e. Educar la espiritualidad

La lista esta casi completa. Pero el tema de la espiritualidad ha tomado tal fuerza en nuestros movimientos durante los últimos años, retomando así las mejores tradiciones que tal vez seria bueno agregar un par de palabras.
Hablamos de una espiritualidad en el seno del compromiso, que no escapa a los conflictos y a las duras realidades de la vida; una espiritualidad marcada por la opción en el la Biblia y en la oración. Una espiritualidad marcada por la opción por los pobres, enraizada con fuerza en la Biblia y en la oración. Una espiritualidad que no toca sola y principalmente a la inteligencia, sino que reúne el conjunto de la existencia, el cuerpo, el universo simbólico. Tal vez esta sea una de las dimensiones clave e incluso la más difícil de realizar por la asesoría en la JECI y en el MIEC.

III.2.f. Servir la memoria
Lo que llamamos “memoria” de nuestros movimientos no es solo la historia o el recuerdo del pasado. Es la capacidad de mantener viva la experiencia pasada, de mantenerla en estado de reflexión, de manera tal que pueda fecundar el presente y ayudar a abrir vías futuras, que no provienen de ninguna parte. La memoria no es solo el pasado, es también redefinición y apuesta. Por su condición de adulto, por el hecho de que permanece normalmente mas tiempo que los militantes en el movimiento, se reconoce al asesor un aporte especial a este nivel, como una manera de ayudar a todas las personas a ser fieles a las instituciones fundamentales, pero al mismo tiempo a no repetirse. Por este motivo, la memoria no puede restringirse únicamente a una historia interna del movimiento, sino que debe recoger sobre todo la experiencia vivida en relación al medio estudiantil y a la Iglesia. El objetivo de servir la memoria es el de tratar de que los militantes puedan apropiarse de esa memoria de la manera mas completa y rápida posible, a fin de evitar todo tipo de dominación de parte de aquel (persona o grupo) que “conoce” y por esto quiera indicar uno u otro camino.
LAS DIFERENTES FIGURAS DE LA ASESORIA
Como ya se ha señalado. Tradicionalmente se ha identificado al asesor con el sacerdote. Esta identificación esta en gran parte todavía vigente, aunque de hecho y desde hace mucho tiempo, los religiosos no sacerdotes y religiosas (y más recientemente laicos) ejercen esta función en nuestros movimientos.
Ya que hemos terminado la descripción de lo que nos parece común y fundamental en el servicio de la asesoría, queremos decir algunas palabras sobre las diferentes “figuras” que componen la asesoría.
Se trata de algunas breves reflexiones, pues en la JECI y el MIEC no hay una reflexión elaborada en torno a este tema, aunque la realidad lo exige cada vez más. Estamos, pues, en un terreno abierto, donde es necesario buscar, sistematizar, intercambiar. Antes que nada es necesario decir que es verdad que en numerosos casos la aparición del asesor no sacerdote ha sido considerada como una forma de suplir la falta de sacerdotes. Pero estamos convencidos de que actualmente debemos más bien hablar de una especie de expansión del servicio de asesoría y que no hay duplicidad sino complementariedad, riqueza y enriquecimiento mutuos. Es evidente que esta riqueza servirá al movimiento en la medida en que sea respetada, aceptada y vivida en toda su diversidad, en medio de un estilo fundamental común.
IV.1. El asesor sacerdote
Su presencia se mantiene como mayoritaria a nivel nacional y regional. Como ya se ha dicho, de su experiencia emergen fundamentalmente los roles atribuidos a la asesoría. Pero la evolución de la realidad misma de nuestros movimientos ubica al asesor-sacerdote en el contexto de una asesoría más variada.
Por el hecho de que es sacerdote, se le encomiendan tareas descritas para el conjunto de la asesoría, como la presidencia de la Eucaristía y la celebración de los sacramentos; representar el ministerio sacerdotal en el movimiento (y una presencia concreta del presbiterio de la Iglesia local) y del movimiento en el presbiterio (decimos en el presbiterio y no en la Iglesia a nivel de la jerarquía porque esto es responsabilidad del conjunto del movimiento, aunque el asesor-sacerdote lo haga por si mismo. En fin – aunque esto parece banal – se trata de que el asesor-sacerdote sea realmente sacerdote en el movimiento, sin complejos, dando lo que el tiene para dar. Hemos ya señalado que el dialogo necesita dedos identidades claras. El aporte del asesor-sacerdote no será posible ni realmente aceptado y apreciando sino en la media en que sea un aporte sacerdotal.
Podemos decir lo mismo asesor-diacono (con las diferencias necesarias en lo que concierne a los sacramentos) aunque se trate todavía de una experiencia prácticamente inexistente en nuestros movimientos pero que puede rápidamente desarrollarse. Para profundizar sobre este tema, sugerimos referirse a la “Evangelium Nuntiandi” n.68.
IV.2. El asesor religioso o religiosa
La presencia de religiosas y religiosos no sacerdotes como asesores es antigua en nuestros movimientos y ha pasado de los niveles de base hasta la asesoría nacional o regional en algunos casos.
Es significativo constatar que en ciertos casos (y más a menudo de lo que se piensa) son ellos quienes ejercen la asesoría real ante la existencia de asesores-sacerdotes puramente “normales”, que no hacen caso ningún trabajo, sea porque no pueden o porque, aun sin quererlo ellos mismos han sido nombrados para esta tarea.
Se trata entonces de una realidad muy importante para nuestros movimientos, a la cual hay que dedicar toda nuestra atención y liberarla de todo lo que haya de esta “ideología de sustitución” que subsiste. Si, como lo dicen numerosos documentos de la Iglesia, el carisma religioso consiste en encarnar en la Iglesia el radicalismo de la beatitud, podremos ver, la riqueza de su aporte al movimiento, ya los militantes de una manera concreta, cuando por ejemplo insistimos tanto en la opción por los pobres y su significación multidimensional (ver “Evangelium Nuntiandi n.69”).
IV.3. Los asesores laicos
Por ahora es el campo más abierto y que se desarrolla cada vez más, sobre todo a nivel de base (equipos etc.). Muchos en el movimiento creen que estamos en presencia de un hecho de gran importancia para nuestro futuro. Se trata generalmente de ex-militantes del movimiento, que aceptan acompañar a los equipos. Se han realizado evaluaciones muy positivas de la experiencia, aunque quedan todavía cuestiones por aclarar. Una de ellas es la delicada distinción que hay que hacer entre asesor laico y dirigente del movimiento. No le es suficiente el asesor el hecho de ser laico para alejar automáticamente todo riesgo- de lo que llamamos “clericalismo”, es decir, la dominación del clérigo sobre el movimiento. El asesor laico- y esto no hay que olvidarlo – no es dirigente del movimiento, aunque este sea laico. Es un servidor, el acompañante de una experiencia, que es la experiencia de los militantes.
Si se insiste de tal manera sobre eso es porque, dado que se trata de una experiencia nueva, en ciertos casos la distinción entre responsable nueva, en ciertos casos la distinción entre responsable y asesor laico no esta muy clara, y eso lleva a las asesoría a deformaciones de las que ya hemos hablado varias veces.
Aunque esta ya claro que el carisma principal del laico, su vocación, es el de estar en el corazón del mundo- y no principal e inmediatamente en la institución , en el desarrollo de la comunidad cristiana – su aporte a la asesoría será esa sensibilidad laica, lo que significara ciertamente una mayor capacidad frente a una serie de realidades y problemas.
Como se dijo al comienzo, en este un terreno muy abierto, sobre el que hay que reflexionar mucho en el contexto de una reflexión más general sobre los nuevos ministerios en la Iglesia.
En conclusión, constatamos una vez más que la variedad de “figuras” en las asesoría constituye una riqueza para nuestros movimientos. Nos parece que, a la luz de la experiencia, es necesario superar la identificación asesor-sacerdote. En efecto, creemos que debe ser asesor aquel que efectivamente cumple esta función. Hay que superar la mentalidad que a veces frena la búsqueda de soluciones, según la cual, si el asesor esta ausente, nadie puede lleva a cabo la asesoría. Esto es algo que deberíamos superar en nuestros movimientos, en las Iglesias locales y concretamente en las instancias jerarquizas. Esto no disminuye en nada la importancia que atribuimos a la presencia del asesor ministerial en nuestros movimientos y concretamente a la asesoría. Por el contrario, se trata de realizarlo, valorizarlo, por lo que es y no por las tareas que históricamente haya podido cumplir.
La conclusión lógica, según nuestra línea de reflexión, es que normalmente nos parece bueno tener una asesoría en la cual los sacerdotes, los religiosos, las religiosas, puedan evolucionar en lo que les es propio, asumiendo juntos una tarea (lo que es fundamental) y compartiendo las responsabilidades según las disponibilidades, necesidades y características de cada situación. En todo caso, sobre este tema hay aun mucho por profundizar.
V. ESTATUTO ECLESIAL DEL ASESOR
Según la tradición, el asesor “representa” a la jerarquía en el movimiento. En el caso del asesor diocesano o nacional (y muy concretamente en el del asesor internacional) esta representación de la jerarquía esta significada por el nombramiento hecho por la autoridad eclesiástica respectiva. Probablemente a esto se refiere el nombre “oficial” del asesor”: asistente eclesiástico (es evidente que esta “representación” de que hablamos no es la que proviene del sacramento del orden, aunque este en relación con este en el caso del asesor-sacerdote.
El asesor “ nombrado’ es uno de los signos concretos de que el movimiento se reconoce como eclesial, aunque ciertamente no es esto lo único ni tal vez lo principal.
De todo esto se deriva para nuestros movimientos la importancia del reconocimiento de los asesores (concretamente los diocesanos y nacionales) de parte de la jerarquía. Nombramiento que no debiera estar reservado únicamente a los clérigos, sino que debería extenderse a los religiosos, religiosas y laicos que cumplen la función de asesores diocesanos o nacionales.
En general, nos queda aun un largo camino por recorrer en este sentido, pero al parecer el deseo expresado anteriormente no va en contra que ningún principio teológico-pastoral y tiende más bien a reforzar y a clarificar el estatuto eclesial del asesor y, a partir de ahí, el de todo el movimiento. Existen ya experiencias en este sentido (nombramiento de religiosos, religiosas e incluso de laicos como asesores diocesanos o nacionales ) pero es un pequeña minoría y parecería que las resistencias son todavía grandes. Hay aquí, pues, una tarea concreta para los asesores-sacerdotes, en el sentido de explicar muy concretamente la carencia de sentido de ciertas situaciones. Esto produce no solo distorsiones en el trabajo, sino que además oscurece la percepción de la importancia de la asesoría desvaloriza tanto el trabajo del sacerdote como el del los no-sacerdotes y al final contribuye a mantener una situación pastoralmente engañosa que en muchos terrenos nos impide avanzar, tarea concreta para los asesores-sacerdotes, tarea para todo el movimiento en el seno de la Iglesia local (“Evangelium Nuntiandi”. N.73)
VI. LA ASESORIA EN LAS DIFERENTES INSTANCIAS DEL MOVIMIENTO
VI.1 El asesor en el equipo de base
Concretamente es en el equipo de base donde el asesor debe vivir su experiencia. Todo lo anterior se ha dicho en función de este trabajo fundamental sin el cual no hay solidez. El acompañamiento y el servicio deben ser vividos y cuestionados cada día en la base. Desde allí se extraen las imágenes para la asesoría en otros niveles.
Existe una fuerte tradición en nuestros movimientos que consiste en pedir a los asesores diocesanos o regionales etc. que tengan siempre como referencia la asesoría de un equipo de base. Todo lo que puede decirse además sobre este punto en principio ya esta dicho porque la descripción del estilo y de los roles de la asesoría han sido construidos a partir de la base y por la experiencia en ella.
VI.2.El asesor en las coordinaciones. El asesor nacional
Como decíamos, la asesoría en las coordinaciones y a niveles que no son de base, debe ser concebida y vivirse a la imagen de la asesoría en un equipo de base. Esto no niega que cada función tenga su especificidad y por esto mismo sus propias exigencias. A nivel de la asesoría diocesana y nacional, hay a menudo cuestiones que parecen tener una importancia relativa pero que terminan teniendo grande peso. Algunas palabras ahora acerca de la información y administración de los bienes del movimiento. Si no estamos suficientemente atentos, la tentación de encargarse de administración de los bienes del movimiento es muy grande (en nombre de la eficacia, la responsabilidad, la falta de experiencia de los militantes, etc). Lo mismo ocurre a veces con las información o con las publicaciones que llegan a las coordinaciones desde otras instancias del movimiento (se retienen publicaciones porque se juzga que los militantes no están preparados o porque no están de acuerdo, etc). En ambos casos, a pesar de las buenas intenciones se creas una falsa relación entre la asesoría y los militantes. Hay que decir una vez más que los dirigente son los propios militantes y que a veces preferible pasar por la experiencia del error con ellos más que imponerles lo que es correcto.
Hay, finalmente una tarea, que incumbe de manera especial pero no exclusiva al asesor diocesano y nacional ( lo mismo al asesor regional o internacional): la de vigilar cuidadosamente por la promoción, el desarrollo y la profundización de la experiencia de asesoría en el movimiento.
Se ha discutido y se continua discutiendo sobre el hecho de si el asesor diocesano debe o no dedicarse totalmente al movimiento. Las apreciaciones son diversas y evidentemente hay que tener en cuenta las diferencias en las realidades de un movimiento a otro, de un país a otro. Sin embargo, crece la tendencia a juzgar que, si no es realmente necesario, mas vale que la asesoría del movimiento se ejerza conjuntamente con otras responsabilidades (pastorales o no), sobre todo en el terreno popular, que ayuden a enriquecer y equilibrar el trabajo del asesor. Pero hay realidades que exigen de manera evidente una dedicación completa e incluso más allá si es posible.
VI.3. El asesor en la iniciación
Queremos aquí señalar el aspecto de la sensibilidad, de la capacidad de acompañamiento , de comprensión, hacia los militantes que se inician en un camino que a menudo exige rupturas dolorosas, decisiones difíciles de tomar, etc. Ya que el asesor es normalmente considerado como “figura” de Iglesia por los militantes y sobre todo por aquellos que se inician, debe poner mucha atención en la imagen que de el mismo y de la que contribuye a dar de la Iglesia.
VI.4. El equipo de asesores
Ya hemos señalado profusamente que la asesoría es un servicio que se ejerce y se vive en equipo, en comunidad (salvo en los casos en que esto no es posible). La diversidad que existe en la asesoría, en el cual la responsabilidad del servicio es de todos y las tareas concretas pueden ser repartidas según las disponibilidades y los carismas.
VII. RECLUTAMIENTO E INICIACION DE LOS ASESORES
VII.1.Consideraciones generales
El reclutamiento y la iniciación de los asesores no es un problema de técnicas, sino que es una cuestión pastoral que tiene relación con el tipo de presencia y de participación de nuestros movimientos en la Iglesia local.
La mejor parte de las iglesias locales dan muchas más importancia a la destinación de sus recursos humanos y a la estructura parroquial, que a experiencias como la de los movimientos. Si la JECI y el MIEC no tienen una presencia madura y critica en las Iglesias locales, el reclutamiento de asesores continuara siendo difícil. Esto sin embargo no resuelve todos los problemas, pero es necesario crear una base pastoral para que los instrumentos puedan dar frutos. Existe una responsabilidad especial de los actuales asesores (sobre todo los sacerdotes) en este trabajo de sensibilización.
VII.2. Estilo fundamental
Según un viejo slogan del movimiento: “No se trata de que la gente entre al movimiento, se trata de que el movimiento entre en la gente”. Es decir, se trata de introducir poco a poco, al asesor potencial o eventual, en el espíritu, en las intuiciones de la JECI y del MIEC. Para los movimientos que practican la revisión de vida, es el camino a seguir tanto para el reclutamiento como para la iniciación. Esta claro que esto no deja de lado todos los medios prácticos que hay que emplear (contactos personales, reuniones, trabajo en los seminarios y casa de formación religiosa, etc.).
VII.3. Algunas otras cuestiones
El trabajo de vocación en el movimiento (ver la experiencia de las españoles y de algunos latinoamericanos).
El trabajo del seminarista en el movimiento (ver sobre todo los africanos).
Los asesores laicos: en general todos están de acuerdo en que sean personas que vengan de la experiencia del movimiento o de una experiencia pastoral similar. Cuidado, pues en ciertos casos, dado que se trata de laicos, se les libera de las exigencias, que tradicionalmente se hacen a los sacerdotes y religiosos(as) y se les ha puesto al nivel de la coordinación sin que hayan tenido una adecuada preparación.
La formación de los asesores: el asesor “se hace” con el movimiento, aunque si puede ayudar un cierto conocimiento de este. El hecho de que “se haga” con el movimiento no le exige de programas especiales de formación de asesores, de políticas de iniciación muy reflexionadas, etc.
VIII. CUESTIONES ABIERTAS
En realidad, son numerosas y diversas. Me parece que la mayor parte se encuentran el elos capítulos IV y V, en los cuales hay muchas cosas que precisar, experiencias por sistematizar, etc. Concretamente, hay que profundizar mas estas diferentes cuestiones a la luz de la teología de los ministerios.

LA ASESORÍA EN LA JEC
Pablo Dabezies