OPCION POR LOS POBRES Evaluación y desafíos

Gustavo Gutiérrez

La Opción Preferencial por los Pobres es la contribución más importante, en nuestro tiempo, de la vida y la reflexión de los cristianos de América Latina a la conciencia eclesial universal. Intentaré presentar el tema en tres partes. La primera será una rápida visión histórica de eso que hoy se flama opción preferencial par los pobres. En la segunda parte trataré de precisar el sentido de esa expresión. La tercera parte, más corta, la dedicaré a !o que en tiempos más recientes se ha empezado a llamar la nueva evangelización.

1. Recorrido histórico
Los discursos de Juan XXIII en torno al Concilio pondrían resumirse en un reto fundamental y tres grandes intuiciones. El desafío era cómo decir hoy "venga a nosotros tu Reino". Esa era la inquietud profunda del Papa, a partir de la cual él hablaba de tres grandes preocupaciones sobre la presencia de la Iglesia en tres mundos.

En primer lugar tenemos la apertura al mundo moderno. Los documentos preparatorios del Concilio no iban precisamente en esa dirección, por ello, fueron rechazados (excepto el documento sobre la liturgia), ya que no correspondían al propósito de Juan XXIII. Estas intervenciones permitieron finalmente la redacción de la "Constitución sobre la Iglesia en el mundo de hoy', en la que la apertura al mundo moderno está muy presente.
La segunda intuición era la de la presencia de la Iglesia en el mundo cristiano, es decir, la intuición del diálogo ecuménico. Este diálogo había comenzado muchos años antes del Concilio, pero los obispos conciliares aceptaron esta intuición del Papa y la extendieron al mundo religioso en general. De allí surgen los documentos sobre las grandes religiones de !a humanidad. El diálogo ecuménico fue favorecido por la presencia en el Concilio de algunos expertos, protestantes y ortodoxos, entre ellos Karl Barth.
Un mes antes de la apertura del Concilio, el 11 de septiembre de 1962, Juan XXIII pronunció un discurso en el que habla de "otro punto luminoso". Con frecuencia, Juan XXIII, en sus textos, cuando quiere decir algo importante, lo llama punto luminoso". En este discurso Juan XXIII afirma que "frente a los países subdesarrollados, la iglesia es y quiere ser la Iglesia de todos, pero en particular, la Iglesia de los pobres". Es una frase breve, en la que cada palabra cuenta.

La expresión "país subdesarrollado" es más bien reciente. Aparece hacia 1955, es decir, unos cuantos años antes de este discurso del Papa. Juan XXIII no habla de "países en vía de desarrollo", eufemismo muy utilizado en la época. En otros términos, frente a la pobreza del mundo, la Iglesia es (realidad) y quiere ser (proyecto) la Iglesia de todos, y en particular la Iglesia de los pobres. No es posible, por consiguiente, separar a la "Iglesia de los pobres" de "la Iglesia de todos".

El tema de la pobreza en el Concilio

Juan XXIII propuso al Concilio esta visión de la Iglesia en relación con la pobreza. Ahora bien, los obispos más influyentes del Concilio provenían de los países del Norte (Europa y Norteamérica), y a ellos les preocupaba sobre todo el problema de la apertura al mundo moderno. De hecho la Iglesia católica no había aún aceptado plenamente las categorías modernas de libertad, espíritu democrático, la ciencia y la técnica, etc. La mayoría de los obispos estaban también preocupados por el diálogo ecuménico, ya que en los países de donde provenían las iglesias protestantes (Alemania, Inglaterra, Estados Unidos, Canadá) tenían una fuerte presencia. Ellos estaban más preocupados por los dos primeros puntos, que por el tercero: la preocupación por una Iglesia de los pobres, en el contexto en que acabamos de recordar.

En los dos últimos días de la primera sesión del Concilio, un amigo muy cercano de Juan XXIII, el cardenal Lercaro, arzobispo de Bolonia, uno de los secretarios (coordinadores) del Concilio, afirmó en una intervención que "el tema del Concilio debe ser la evangelización de los pobres, la pobreza en el mundo". Y precisaba que no era un tema sino el tema del Concilio. "A partir de allí - decía - se podrá tratar la cuestión ecuménica y la apertura al mundo". Pensemos en las consecuencias si el Concilio hubiese aceptado la propuesta de Lercaro y tomado como tema central el de la pobreza en el mundo y la evangelización de los pobres. Los obispos del Concilio oyeron emocionados al cardenal Lercaro, pero, era demasiado bueno para ser verdad. Otras eran las preocupaciones. Además, otros dos cardenales de gran influencia, Suenens, de Malinas (Bélgica), y Montini (el futuro Pablo VI) intervinieron para subrayar las dos primeras intuiciones, sobre todo la apertura al mundo moderno.

Sin embargo, encontramos en los documentos conciliares algunos párrafos sobre la pobreza. Así, en el número 8 de Lumen Gentium hay una referencia a la evangelización de los pobres. Allí se dice: "Cristo realizó la obra de la redención en pobreza y persecución, de igual modo la Iglesia está destinada a recorrer el mismo camino". Algo más se puede leer en uno de los mejores textos del Concilio, el decreto Ad gentes, sobre la misión: "La Iglesia debe caminar por el mismo camino de Cristo; es decir por el camino de la pobreza" (n° 5). Vemos, pues, una cierta presencia del tema de la pobreza en los documentos conciliares. Pero no seamos anacrónicos. Hoy podría resultar demasiado fácil reprochar al Concilio la casi ausencia de este tema clave. Hay que tener en cuenta que las personas de esos años tenían otras inquietudes; el punto de la pobreza, de la "Iglesia de los pobres", no tenía aún, al menos en la conciencia eclesial, la importancia que adquirió posteriormente.

Tres años después del Concilio, en 1968, en la ciudad colombiana de Medellín, tuvo lugar una Conferencia Episcopal Latinoamericana. En ese encuentro, la tercera intuición del Papa Juan XXIII estuvo muy presente. Esto no debe sorprender si se tiene en cuenta que los únicos países que son al mismo tiempo mayoritariamente pobres y cristianos, son los de América Latina. Mayoritariamente porque hay también muchos cristianos en África; pero, por las razones históricas que conocemos, no alcanzan las proporciones de América Latina. No es este tampoco el caso de Asia, donde los cristianos son una minoría. El único continente, entonces, donde encontramos pobreza y fe cristiana en mayoría es América Latina, y allí es donde se volvió a presentar la tercera intuición de Juan XXIII. Creo que el significado más importante de aquella Conferencia Episcopal de Medellín fue el hecho de que la Iglesia de América latina se hacía adulta.

Medellín y el sentido de la pobreza
Los documentos de Medellín abarcan, según un esquema que viene de la Juventud Obrera Católica, tres partes: visión de la realidad, reflexión y líneas pastorales. En Medellín no solamente se describe la pobreza latinoamericana, sino que también se señalan sus causas. Por ello Medellín habla de liberación. Pobreza y liberación fueron sus dos grandes temas.
Se distinguen tres sentidos del término pobreza. En primer lugar la "pobreza real", que llamamos a menudo a la "pobreza material". Es la carencia de lo necesario para vivir como seres humanos. Ella es un escándalo, un mal, como se dijo sin paliativos en Medellín.

Tomemos en segundo lugar la pobreza espiritual, entendida no tanto como despego respecto a los bienes materiales, sino como infancia espiritual, es decir, como disponibilidad de entregar nuestras vidas en manos de Dios. Ese es el sentido de la pobreza espiritual, el más significativo de la revelación cristiana. Esta pobreza nos permite reconocer a Dios como Amor, Padre, Madre; y reconocer a los demás como hermanas y hermanos, aceptando el amor gratuito de Dios.

La pobreza como compromiso fue la última precisión realizada en Medellín: la solidaridad con los pobres en su lucha contra la pobreza, y un compromiso en favor de los pobres y contra la pobreza.

Medellín fue una voz profundamente profética en la vida de la Iglesia latinoamericana. Con eso no pretendo decir que el conjunto de la Iglesia latinoamericana haya marchado al paso de Medellín. ¡Lo hubiéramos querido! Pero todos saben que no faltaron resistencias a un compromiso así. En todo caso Medellín fue una voz significativa, que hizo posible muchas experiencias y compromisos. Esta perspectiva fue luego ratificada en Puebla, donde se habla de una opción preferencial por los pobres, expresión que abarca tres términos: pobres, preferencia y opción. Son los términos de Medellín convertidos en una frase. La "pobreza" de la que aquí se habla es la pobreza material; la "preferencia" es la pobreza espiritual y la "opción" es el compromiso contra la pobreza.

En Santo Domingo, en 1992, entre muchos otros puntos, se ratificó esta visión. Santo Domingo reiteró que la Iglesia Latinoamericana tenía una opción y diversas líneas pastorales. Lo subrayo porque los documentos preparatorios hablaban por lo menos de ocho o diez opciones preferenciales.

2. La Opción Preferencial por los Pobres
Tal vez la mejor manera de captar los desafíos que lleva consigo esa expresión es considerarla palabra por palabra: pobreza, preferencia y opción.

La pobreza
La pobreza a la que se alude, abarca dimensiones económicas, sociales y políticas, pero ella es indudablemente más que todo eso. En último análisis la pobreza significa muerte: muerte injusta, muerte prematura de los pobres, muerte física. Por desgracia no es sólo en América Latina donde la gente muere por enfermedades que la medicina ya ha vencido en otras partes. No hay motivos para morir hoy del cólera, pero el cólera mata muchas víctimas en el Perú, como mata gente en otros parajes del mundo, en Asia y donde quiera que haya pobres.

La pobreza, por consiguiente, lleva a la muerte física, sin hablar de las situaciones de represión de un pueblo; pero debemos men¬cionar también la muerte cultural. Cuando un pueblo no es tomado en cuenta, cuando se le desprecia de una forma u otra, entonces, en cierto modo, se está matando a la gente que pertenece a este pueblo. En América Latina tenemos gran variedad de razas, culturas y lenguas: si ellas son despreciadas, se está matando a la gente que pertenece a esos grupos so¬ciales. Los antropólogos sue¬len decir que la cultura es vida: pues bien, si se des¬precia la cultura, se desprecia la vida. Esto también sucede cuando no se reconoce a las mujeres la plenitud de sus derechos humanos.

Pobreza, por consiguiente, significa muerte. Y al hablar así no pretendo ocultar sus otras dimensiones sociales, económicas o políticas. He preferido insistir sobre ese otro sentido de pobreza, para decir que finalmente lo que constituye el verdadero pro¬blema es la vida, y por eso en las comunidades cristianas, en América Latina, se habla frecuentemente del Dios de la Vida y ser rechaza la muerte física y cultural injustas, así como también cualquier otra manifestación del egoísmo y del pecado.

¿Qué es por consiguiente lo que se entiende por "po¬bre"? Creo que no existe una buena definición; nos acer¬camos a ella si decimos que los pobres son los no-per¬sona, los in-significantes, los que no cuentan para la so¬ciedad y, con demasiada fre¬cuencia, tampoco para las Iglesias cristianas. Pobre es, por ejemplo, el que tiene que esperar una semana a la puerta de un hospital para ver al médico; pobre es el que no tiene peso social ni econó¬mico, a quien se despoja me¬diante leyes injustas; el que no tiene posibilidad de hablar y actuar para cambiar una situación. Es el in-significante que forma parte de una raza despreciada y culturalmente marginada. A lo sumo los pobres están presentes en las estadísticas, pero no apa¬recen en ellas con nombre propio. Los pobres son so¬cialmente insignificantes, pero no delante de Dios. No cono¬cemos el nombre de los po¬bres. Son y permanecen anó¬nimos.

Me dicen con frecuencia: "Usted es un latinoamericano, entonces es pobre". En rea-lidad no soy pobre, porque no soy in-significante porque soy sacerdote. Hay que decirlo con claridad: trato de vivir con los pobres, pero, como sacer¬dote y como teólogo, mentiría si dijera que soy un insigni¬ficante en mi país; eso sería una falsa modestia (a decir verdad, todas las modestias son falsas). Más vale reco¬nocer las cosas como son e intentar, con una cierta hu¬mildad, vivir cerca de los pobres.

Una última precisión para cerrar el tema de la pobreza: si ustedes hablan de pobres, encontrarán en seguida quie¬nes los calificarán de sen¬sibles y generosos. Pero si hablan de las causas de la pobreza, la gente dirá: ¿Pero esto lo dice un cristiano? ¿No es ese un lenguaje más bien político?

Por otro lado, los pobres no viven sólo privaciones. Los pobres tienen también una gran riqueza que aportar. Cuando se habla de la opción por los pobres, no se habla solamente de quienes no tie¬ne absolutamente nada por¬que son insignificantes; ellos tienen también una gran ri¬queza humana.

La preferencia
He encontrado con fre¬cuencia personas a quienes parece extraño el uso del término "preferencia". ¿No sería mejor hablar simple¬mente de "opción por los pobres", sin más, ya que pre¬ferencia suena demasiado suave? No estoy de acuerdo. Preferencia implica la univer¬salidad del amor de Dios, que no excluye a nadie. Sólo dentro del cuadro de esta universalidad se comprende la "preferencia", es decir, lo que "se pone en primer lugar". La Biblia habla de la preferencia de Dios por los pobres. ¿Por qué en el Génesis Dios prefiere a Abel sobre Caín? En ninguna parte dice que Abel es mejor o que Caín tuviera algo de malo; pero Abel era el menor, el último. Dios prefirió el sacrificio de Abel al de Caín: el pecado de éste fue no aceptar la preferencia de Dios por Abel, por eso lo mató.

El rechazo de la prefe¬rencia está en no comprender que hay que combinar la universalidad del amor de Dios con su preferencia por los más pobres. Y esa era la expresión típica de Juan XXIII: "La Iglesia de todos y, en par¬ticular, la Iglesia de los pobres" Como cristianos no podemos decir "sólo los pobres cuentan". Una actitud así no sería cristiana, como tampoco lo es pretender que se ama a todos cuando en realidad no se ama a nadie. Combinar los dos aspectos, universalidad y preferencia, no es cosa fácil, es un gran desafío. Pero ¿por qué esta preferencia? El análisis que me permite comprender la pobreza no es el que nos lleva a preferir a los más pobres. El análisis es ciertamente útil, pero no suficiente. O se puede pensar que se debe preferir a los pobres por compasión humana. Esta compasión es muy importante, pero no es la razón última. También se puede decir "usted habla con tanto énfasis de los pobres porque usted es latinoamericano". Siempre respondo a esas personas: "Por favor, no me comprendan tan rápido, si yo hablo de la pobreza lo hago en primer lugar porque soy cristiano y, en segundo lugar, porque soy latinoamericano". El aspecto geográfico, por importante que pueda ser, viene en segundo lugar.

Cuando se dice simplemente que todos los pobres son buenos, para justificar la preferencia por ellos, se tienen la impresión de que quién lo dice no ha visto nunca a un pobre de cerca. Porque los pobres son seres humanos; hay entre ellos efectivamente gente muy buena, pero hay también quienes no lo son. Nosotros debemos preferirlos no porque son buenos (si lo son, ¡tanto mejor!), sino, antes que nada, porque Dios es bueno y prefiere a los olvidados, a los oprimidos, a los pobres, a los abandonados. La razón última y final de la "preferencia" está en el Dios de nuestra fe. Esta afirmación nos compromete porque creemos en el mismo Dios. Lo que acabo de decir vale para todos, porque nadie puede escapar a esta preferencia por los pobres. ¿Cómo hacerlo? Ese es ya otro problema. Pero si creemos en un mismo Dios, entonces, históricamente, debemos caminar juntos. La preferencia viene de la bondad de Dios, y viene de su amor gratuito, noción central del mensaje evangélico. Dios nos amó primero. Nuestras vidas deben dar una respuesta a esa iniciativa gratuita de Dios. Ese es el significado de "pobreza espiritual".

Los grandes místicos, San Juan de la Cruz por ejemplo, nos enseñan cómo un Dios que nos ama gratuitamente constituye el centro de la vida espiritual. Esto no se opone al compromiso social y político. Sin contemplación, sin oración, no podemos concebir una vida cristiana. Pero sin solidaridad con los pobres tampoco hay vida cristiana. He aquí pues dos dimensiones que es necesario mantener unidas.

Opción
Se hace a veces una curiosa observación: la opción por los pobres es algo que los no pobres deben hacer. No es exacto, también los pobres deben hacer la opción en favor de sus hermanas y hermanos de raza, clase social y cultura. Por lo tanto, la opción por los pobres es una decisión que concierne a todo cristiano.

3. La Nueva Evangelización
Si un día viniera alguien y me preguntara acerca de cuál es la perspectiva de mayor importancia en la teología de la liberación, respondería que es la opción preferencial por los pobres. La teología de la liberación podría desaparecer, con tal que esta opción permanezca. Hasta mis cuarenta años jamás hablé de teología de la liberación y, sin embargo, era cristiano o trataba de serlo, y espero seguir siéndolo después de la teología de la liberación. La teología juega un rol importante, es un medio para comprender mi fe, pero no es un artículo de mi fe o de mi credo.

El punto de partida de toda teología es la revelación. Los teólogos se diferencian por su manera de enfocar los grandes temas. Se pueden encontrar diferencias teológicas a lo largo de dos mil años de la existencia eclesial. No creo que la teología de la liberación haya de ser algo permanente; ninguna teología tiene ese privilegio, y me atrevo incluso a decir que sería contraproducente que una teología dure demasiado. De ello hemos tenido experiencia en la Iglesia. Si queda esta preferencia por les pobres, habremos obtenido algo importante, porque ese tema está profundamente vinculado a la revelación bíblica. Es un mérito de la teología latinoamericana haber recordado esta opción.

La opción preferencial por los pobres es el eje de lo que se llama la nueva evangelización. Todos conocemos esa expresión, porque es muy frecuente en estos días. Lo que acaso se sabe menos es que esa expresión se encontraba en el documento preparatorio de Medellín y en el primer texto de esa conferencia. El documento habla de la necesidad de una nueva evangelización de América Latina. Fue una toma de conciencia de vivir un momento histórico diferente en un nuevo contexto social y cultural, que exigía nuevas formas de anunciar el Evangelio. Una nueva evangelización supone una visión de la historia. De lo contrario, la expresión corre el peligro de perder su novedad. La expresión nueva evangelización ha sido recogida con fuerza por Juan Pablo II.

Estoy convencido de que la Iglesia latinoamericana está viviendo un momento histórico muy rico, y rico no quiere decir "fácil", porque tenemos una riqueza dolorosa, la de numerosos mártires que han dado su vida por la opción preferencial por los pobres. Es el caso de Romero, obispo en El Salvador, de Angelelli en Argentina, de Ellacuría en El Salvador, y de muchos otros más que son menos conocidos. Cuando una Iglesia cuenta entre sus miembros con gente capaz de dar su vida de esta manera, algo importante está aconteciendo en ella. Los teólogos de la liberación pertenecen a un mundo conocido, pero pienso que esta Iglesia tiene también otros representantes de lo que allí estamos viviendo.

No pretendo decir que el conjunto de la Iglesia latinoamericana ha emprendido el camino de Medellín o que sea en su totalidad solidaria con los pobres. Quiero sencillamente decir que, por lo menos, se hacen bellísimas cosas, aunque no sea necesariamente a causa de la teología de la liberación, si bien hay que reconocer que ésta ha sido un factor importante en la vida de muchos. Hay personas que preguntan qué impacto tiene la teología de la liberación en América Latina. Siempre respondo lo mismo: "Lo que me interesa es el impacto del Evangelio y la presencia de los cristianos en el proceso de liberación del pueblo latinoamericano. Dentro de él hay una parte pequeña que corresponde a la teología de la liberación". Y al decir esto no pretendo tomar una elegante distancia de esta teología; sigo trabajando en ella y estoy convencido de que es un instrumento útil para promover compromisos concretos en una Iglesia que debe ser cada vez más solidaria con los pobres. Creo que esta teología, en definitiva, proviene del contraste entre una realidad marcada por la pobreza, que significa muerte, y la necesidad de anunciar la resurrección de Jesucristo, que es la victoria definitiva sobre la muerte, es la muerte de la misma muerte.

Recordemos aquel texto del Antiguo Testamento que San Pablo retoma: "Muerte, ¿dónde está tu victoria?". Toda fiesta cristiana es una burla de la muerte, que afirma que la muerte no es la última palabra de la historia. La última palabra de la existencia humana es la vida, don de Dios. Yo creo que es ahí donde se encuentra la clave del proceso de la Iglesia Latinoamericana, y por esta razón nuestra reflexión teológica tiene interés, porque está sostenida por la vida de una Iglesia, de muchas comunidades cristianas. De no ser así, no tendría mucho sentido, a no ser en el mundo intelectual.

*Gustavo Gutiérrez, peruano, es teólogo de la liberación y asesor de la Unión Nacional de Estudiantes Católicos (UNEC). El presente fue publicado originalmente en la revista Allpanchis del Instituto de Pastoral Andina (Cuzco-Perú), n° 43/44 del primer semestre de 1994 (edición especial por sus 25 años).
El texto recoge una Conferencia dada por Gustavo Gutiérrez, en Septiembre de 1993, en la Universidad de Montreal (Québec -Canadá). En esa ocasión le fue otorgado al autor el título de Doctor Honoris Causa. La traducción, del francés para Allpanchis ha conservado el carácter oral.
1 Cf. "Mensaje a los pueblos de América Latina".

*Articulo extraído de la revista SPES Nro 88, 1995, SLA MIECJECI, pg 17-22